sábado, 12 de marzo de 2011

Irresponsabilidad liberal

El liberalismo, que constantemente invoca a la responsabilidad como clave ética de todo su sistema, promueve, sin embargo, la irresponsabilidad. Al pensar que el orden social se conforma de actos humanos racionales pero impredecibles, cree que la armonía nunca puede proceder de normas heterónomas ni de represión institucional alguna. Solo la autocontención y la autodisciplina pueden garantizar un mínimo de concordia. El problema es que, en el otro extremo, representa la dinámica social como un producto espontáneo, anónimo, ordenado por tendencias invisibles e inmanentes que inexorablemente apuntan a la convergencia. Tal representación, por un lado, provoca el convencimiento de que los acontecimientos sociales carecen de autor y, por tanto, de responsables a los que imputar sus consecuencias, y por otro, generan la infundada creencia en que las fuerzas sociales terminarán ordenándose por sí solas, siendo en última instancia vano y estéril cualquier intento de regulación pública. El liberalismo lleva de este modo en sí el germen de una destrucción de la sociedad que garantiza de paso la impunidad de quienes la llevan a cabo.

Un ejemplo práctico de ello lo da Ignacio Camacho y su simplista, cutre y amanolado tratamiento de todo lo relacionado con la crisis ambiental y con la insostenibilidad ecológica del capitalismo depredador. Probablemente porque, sin decirlo, cobre parte de sus honorarios de empresas energéticas, es el columnista que con mayor tesón defiende la alternativa de la energía nuclear como la opción más rentable, inmediata y realista para resolver nuestro déficit energético. Sin ofrecer nunca dato alguno, suele limitarse a presentar los reactores atómicos como fuentes de energía poco menos que inocuas y a ridiculizar con clichés ocurrentes a sus detractores, presentándolos --como siempre hace el conservadurismo devenido reformista-- como sujetos anacrónicos e inadaptados a la realidad.

En última instancia, esa es su única respuesta frente a las urgentes medidas que intentan proteger mínimamente el medio ambiente. Como buen liberal, y descuidando que todo el derecho se conforma de normas impositivas e interdicciones, dedicaba el otro día uno de sus escritos a la por otros motivos discutible prohibición de circular a más de 110 km/h, calificándola de inadmisible injerencia del poder público en la vida privada de los ciudadanos. Obviando, por supuesto, que el modelo económico vigente disciplina coactivamente los hábitos individuales, Camacho pensaba que la disposición democrática y legítima aludida, sumada a otras tantas como el veto catalán a las corridas de toros o la imposibilidad de fumar en cualquier establecimiento público, eran manifestaciones del "delirio de ingeniería social de este Gobierno", una muestra "del acto de poder que más les gusta, la prohibición, epítome supremo de la facultad de mandar".

A su juicio, no se trata sino de medidas que reflejan el espíritu reaccionario, regresivo, autoritario y antimoderno de la progresía, obstinada en negar el horizonte civilizatorio de la técnica y empeñada en sustituirla por una "utopía antimaquinista", que de buen gusto sustituiría el transporte público por "la diligencia". En la simplificada, torpe y culpable aproximación de Camacho semejantes prohibiciones pretenden universalizar el tipo repugnante del "buen progre moderno", que "se desplaza andando o en bicicleta, envuelve sus compras en bolsas reutilizables y se alumbra con bombillas de bajo consumo subvencionadas"; quieren, en el fondo, instaurar por la fuerza "un mundo sin centrales nucleares, sin coches, sin armas, sin corridas de toros y entregado a la bondad fraterna".

Siendo indulgentes, podríamos referir estas convicciones al ethos conservador, que parte de la maldad congénita del hombre y de su carácter irremediable, de ahí que para Camacho todo esto del medio ambiente se reduzca al antinatural intento de reducir al hombre al "buen salvaje rousseaniano". Parece, sin embargo, que lo propio de su mensaje es más bien la burda ridiculización del ambientalismo, recurso cómodo que ahorra la confrontación argumental y la exposición de datos empíricos. Es más, lo que traspiran sus descalificaciones puede que no sea otra cosa que catetismo provinciano, envuelto desde luego en los oropeles de su atildado barroquismo andaluz, pero demostrativo de que este hombre no conoce siquiera cuáles son los hábitos ecológicos asimilados de Madrid hacia el norte, de ahí que presente como utopía ridícula lo que en cualquier metrópoli centroeuropea es sana rutina, como el desplazamiento en bicicleta, la reducción del consumo de plásticos o la alta imposición fiscal del uso de automóviles.

Por desgracia, al cateto conservador hay veces que le desacreditan y refutan acontecimientos de mayor envergadura que la simple experiencia de los países europeos más avanzados. Eso, y no otra cosa, es lo que ha venido a hacer el terremoto japonés, buena muestra de que eso de la inocuidad de las centrales nucleares es un cuento al servicio de quienes se benefician de ellas. No bastan, empero, tan trágicas negaciones. Como sugeríamos al principio, frente a cualquier eventualidad de este género la réplica conservadora y liberal se encuentra ya prefabricada; así ha pasado en el caso de la crisis económica, que carece de responsables y culpables porque se ha desencadenado anónima y azarosamente, y así pasa ahora también con el seísmo del Pacífico.

Como bien deja claro en su artículo de hoy, es eso mismo lo que ha demostrado el terremoto japonés, que el azar, "lo indescifrable", lo imprevisible, "el infortunio" vuelven cada tanto a demostrar la finitud y la pequeñez de los hombres, siempre y en última instancia "a merced de la naturaleza". Lo decisivo para Camacho, de cualquier modo, es subrayar que en este caso de las "catástrofes" no cabe "el ejercicio favorito de depuración de responsabilidades", no existen ni autores ni culpables, por lo que al hombre solo le cabe resignarse a la experiencia de su propia limitación ontológica.

El planteamiento de Camacho, contrastado con algo de sentido crítico, resulta sencillamente miserable. No se relacionan en ningún momento las respuestas de esa naturaleza a cuya merced estamos (tres terremotos terribles en un año) con la constante represión a la que la sometemos. Y ni siquiera se colige que los efectos de tales catástrofes pueden ser amortiguados a través de acciones voluntarias, de decisiones políticas, de planes económicos y medidas jurídicas y gubernamentales, como bien muestra la desproporción de sus consecuencias en países pobres y países ricos. Probablemente por eso, de manera como digo miserable, Camacho silencia lo más evidente en este sentido: que la decisión política de optar por la energía nuclear está en la base del fatal agravamiento de los efectos del terremoto. Veremos si incluye alguna indicación al respecto en futuras intervenciones. Por ahora se limita a callar y a dar por entendida su respuesta: que nada se puede hacer ante esas "amenazas" impredecibles más que aguantarse.

Es, en última instancia, la receta del liberalismo conservador: soportar dócilmente lo que hay, defender la impunidad de los culpables, traficar y tolerar la muerte ajena (salvo que sea causada por una revolución igualadora o por el terrorismo comunista), considerar inamovible "la eterna diferencia entre pobres y ricos" (¡qué anacronismo tan culpable!), desterrar cualquier afán asegurador porque es imposible conseguir "una sociedad blindada" y promover una mansa adherencia a las direcciones que en la sociedad imprime el poder económico y social. Yo, por mi parte, prefiero una sociedad sin humos, con poquísimos coches, con hábitos ecológicos y sin el riesgo de que cuando irrumpa la naturaleza la planificación urbanística y energética imputable a mis gobiernos siembre la muerte en mi país.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Guardiola vs. Mourinho

No entiendo casi nada de fútbol. No habré visto más que unas pocas decenas de partidos en mi vida, la mayoría de ellos de la selección. Solo me he emocionado intensa y sinceramente con la última competición mundial, cantando el gol de la victoria durante casi cinco minutos seguidos ante una pantalla gigante instalada en la Rossmarktplatz de Fráncfort. Pero tanta ignorancia no me ha impedido esbozar una sonrisa cuando, ayer, conocí el avasallador triunfo del Barcelona frente al Madrid y, acto seguido, recordé el artículo que a Mourinho había dedicado Camacho en las vísperas del encuentro.

Creo sinceramente que nuestro autor padece una seria monomanía con el presidente del gobierno, cuya talla intelectual y política no da desde luego para tanto. Las obsesiones suelen ser el preludio de desbarres y olvidos porque componen el motor de un razonamiento errado que, en sustancia, solo resalta lo que confirma la obsesión, para obviar las evidencias que la contradicen. Eso ha ocurrido hoy mismo, cuando ya daba por hecho que Zapatero volaba hacia Bolivia para reunirse con Evo Morales --oh, pecado--, dejando en España "un sideral vacío de gobernanza" (ojo al abuso del último término), mientras que el presidente anunciaba a media mañana que suspendía su gira sudamericana para presidir el Consejo de Ministros que va a decretar los últimos recortes, aquellos que, entre otros, el mismo Camacho lleva meses reclamando.

Patinazo similar cometió el lunes al elogiar las presuntas virtudes que adornan al entrenador del Madrid para elevarlo, en definitiva, a la condición de "líder antipático", a contrafigura y negativo de un gobernante pusilánime y superficial como Zapatero. Ahí van algunas de tales cualidades morales: "triunfador que no pide perdón por salirse de la imperante mediocridad", granjeándose así la envidia y el rechazo de la gris generalidad; "ganador con motivos para sacar pecho"; un tipo "orlado por el aura del éxito social", colocado "por encima de la media" y que se puede permitir el lujo de "respaldar su inmodestia con una deslumbrante hoja de servicios"; y, como entrenador, ejemplo de "liderazgo de perfil duro", consciente de que la victoria solo "llega por caminos cooperativos". Así pues, Mourinho representa nada menos "que la clase de dirigente que se necesita en circunstancias difíciles, cuando se requiere de alguien que no se esconda ante las adversidades ni tenga prioridad por caer simpático". En fin: el líder ideal para superar una crisis como la presente, porque arriesga a ganar, lo hace con valentía y seguro de sí mismo, aunque eso le cueste la antipatía popular. El dirigente (o Mesías) que necesita España, en definitiva.

Parece, en cambio, que los resultados no avalan la eficacia de esta estrategia. A la antipatía justificada por su prepotencia se suma el dato inequívoco de un fracaso rotundo. De una derrota provocada precisamente por un modelo opuesto de dirección y liderazgo, por un estilo justamente inverso. Se trata de una actitud basada en la perseverancia, en la confianza mezclada de autoridad hacia los jugadores, en la vocación, en la huida de los focos y protagonismos ajenos al núcleo de la profesión; se trata de un modo de actuar refractario a notoriedades basadas en el escándalo y en la ramplona provocación, proclive al cálculo a medio-largo plazo, reacio a las reacciones inmediatas y exclusivamente centrado en el cultivo esmerado del propio oficio. Guardiola exhibe así, frente al estilo de Mourinho, una manera de proceder que, como demuestra el resultado del lunes, concluye por triunfar de manera inapelable, no solo en el duelo más famoso de la liga, un encuentro momentáneo al fin y al cabo, sino en el balance general de partidos en que ha ido participando desde hace ya algunos años.

Si para Camacho Mourinho es el arquetipo ideal de gobernante, para quien suscribe Guardiola es el modelo que habrían debido imitar empresarios, banqueros, financieros y demás agentes económicos para evitar la crisis en que nos encontramos hundidos principalmente por su gestión irresponsable. Y no me refiero sino a un modelo de empresario menos preocupado por ostentar de manera prepotente un éxito efímero con gastos suntuosos, cálculos cortoplacistas y culpable imprevisión, y más centrado en sentir su oficio en términos de ascetismo vocacional, de entrega a la sociedad y de adhesión auténtica a una tarea de cuyo éxito, en efecto, depende el disfrute y bienestar, no ya de los propios seguidores, sino del conjunto de la sociedad.

domingo, 28 de noviembre de 2010

¿Propaganda o torpeza?

Aunque sean unas pocas notas, no me resisto a dar la réplica al infumable artículo que hoy publica nuestro articulista. Si no se ha prodigado últimamente en este blog ha sido porque, a quien suscribe, casi todas sus opiniones, la mayoría críticas con el actual gobierno, le han parecido bien fundadas y cargadas de razón. La sintonía desaparece cuando el incauto Camacho se suma a las loas al mercado e incurre en el anacronismo de adornar al actual empresario con las mismas virtudes con que contaba el abnegado, previsor y responsable empresario weberiano.

Lo de menos es que en su artículo lata la tentación rebelde de la derecha española, sugiriendo retrospectiva y tácitamente que lo mejor habría sido que los "capitanes" del Ibex hubiesen plantado al presidente del gobierno. Lo peor, como digo, es la imagen falseada, ideológica, que traslada de la actividad empresarial. Ahí van algunas "perlas":

Según Camacho, muchos de los asistentes "han palmado millones en esta semana de turbulencias bursátiles". Como se comprenderá, esto es una ficción. Las acciones de cualquier empresa pueden bajar de precio por el efecto que produce, no ya un exceso, sino la simple acumulación de su venta. Quien efectivamente ha perdido dinero es aquel que ha vendido en dicha acumulación de oferta a un precio menor del que compró. Los que, sin embargo, mantienen sus inversiones no han perdido nada, por mucho que el valor bursátil de su parte del capital haya bajado de manera episódica. Y nadie, claro, puede creerse que una bajada coyuntural en el precio de las acciones, que puede compensarse con creces con una subida posterior, equivale a una pérdida de dinero a raudales, mucho menos en estos tiempos de "volatilidad financiera".

Para nuestro apreciado escritor, el empresario, además, "se juega su dinero" en una selva de competencia, y si España todavía tiene cierta credibilidad en el exterior, no es desde luego por su gobierno, ni por sus ciudadanos, sino por "el esfuerzo y la eficacia de unas empresas que, a diferencia de los políticos, trabajan poniendo en riesgo el dinero y las propiedades de sus accionistas". Uno comprende que haya de contentar al amo y a la parroquia para continuar viviendo, pero no por ello ha de tragarse tamaña falsedad.

Al menos desde el último tramo del siglo XIX comenzó a crearse por Europa un nuevo instituto jurídico llamado sociedad anónima. Los liberales clásicos se echaron las manos a la cabeza, pues ello suponía poner al frente de las empresas, hasta el momento familiares, a consejos de administradores en última instancia irresponsables, pues no eran propietarios ni de acciones ni de empresas. Como todo el mundo sabe, esa figura es la que hoy impera en el mundo de la gran empresa, que no está, por tanto, dirigida por sus abnegados propietarios, sino por gestores que cobran sueldos multimillonarios y bonus por las ganancias extra que consigan para su entidad.

Quedan entonces los accionistas. Responden, efectivamente, con la aportación que hayan realizado al capital de la empresa, pero ¿también con su patrimonio personal? En absoluto, a no ser que hayan incurrido en delito en la gestión de la empresa, si es que estaba en sus manos, que ya sabemos que no suele estar. Conviene así desterrar esa imagen de grandes empresarios que arriesgan sus propios fondos con sus actividades, cuando lo que existe en realidad es un régimen de responsabilidad limitada al capital de la sociedad. Pero es que ni siquiera cuando existen pérdidas efectivas terminan al final respondiendo con lo aportado. Ya está ahí el dinero público para rescatarlas. Basta, pues, con remitirse a la realidad de estos últimos años para comprobar lo desfasada que está esa imagen del empresario arriesgado y valiente que pone sobre la mesa su propio parné, pues lo que hemos y estamos presenciando no es sino la regla inquebrantable del capitalismo de socializar las pérdidas de ciertas corporaciones. No, claro, de pequeños empresarios, que aunque haya muchos, representan poco del PIB; pero sí de aquellas corporaciones como las que ayer estuvieron representadas en Moncloa.

Y para concluir, Camacho no se resiste a recurrir al mantra derechista de nuestros días, por simplista e inverosímil que resulte: "es por culpa del presidente y sus políticas por lo que se han desmoronado los valores financieros y se han desplomado los valores de sus compañías". Aparte de la inoportuna, y poco habitual, reiteración del término "valores", esta frase resulta a estas alturas un insulto intolerable, no ya a la inteligencia, sino al sentido común, a eso que a ellos tanto les gusta apelar. En España el empresariado debe el 142% del PIB, casi el triple de lo que deben Estado, comunidades, diputaciones y ayuntamientos juntos. En España, la deuda soportada en los balances de la banca ni siquiera está cifrada, así que vayan imaginando. Y en España existe una deuda pública notoriamente menor a la de Francia, Italia o Gran Bretaña, buena parte de la cual ha debido emitirse precisamente para afrontar la irresponsabilidad del sector privado, para evitar precisamente que esos señores a quienes Zapatero invitó arriesgasen efectivamente su dinero. ¿Quién es, por tanto, el culpable de ese descrédito --por exceso de crédito-- de la economía española?

Al opinar así, no sabemos si por torpeza o por malévola deliberación, Camacho no se suma sino a la estrategia programada de amedrentamiento generalizado y desmantelación de lo que existe de sector público y Estado del bienestar. Cuando periodistas como él apremian al gobierno para que no espere a marzo, para que no se atenga a deliberaciones ni diálogos, y privatice ya cajas de ahorros, reforme ya el sistema de pensiones y acabe de una vez con la negociación colectiva --protegida por la Constitución-- con el fin de dar "credibilidad a los mercados", contentarlos y poder salir así de la crisis, no muestran sino su apoyo a este inadmisible chantaje y su escasísima, por no decir nula, sensibilidad democrática, de la que en cambio blasonan en otros asuntos cuando les conviene. Apoyan, en definitiva, la dictadura de los mercados --es decir, de unos señores de carne y hueso-- sobre toda la ciudadanía, y lo hacen desde un desconocimiento culpable de la economía amparando medidas que conducen derechamente al empobrecimiento y la discordia social.

Si fueran sinceros, si contasen con un ápice de coherencia y rectitud ideológica, habrían de celebrar la reunión de ayer, pues el resultado, según leo en la prensa, es que el presidente se ha comprometido "a acelerar las reformas", doblegándose así ante sus admoniciones. En cambio, no localizo en ningún lado a qué se han comprometido a cambio tan dignos señores, beneficiarios, como el mismo Camacho reconoce, de muchísimo dinero público. Probablemente a nada, pues la irresponsabilidad es su divisa y su actitud ante los negocios y ante la cosa pública.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Mercado inmaculado

La mejor forma de ocultar las responsabilidades individuales en los sucesos humanos es disfrazar a éstos de acontecimientos naturales. Todo lo malo que ocurre se debe entonces a fuerzas inescrutables, a impulsos anónimos, a procesos sin rostro y sin autor. La modernísima sociología, con sus teorías del riesgo y la liquidez, presta sustento a esta representación: en una sociedad compleja, compuesta y creada por una madeja de acciones concurrentes y equipotentes, resulta inviable cambiar nada de golpe, como imposible es también identificar al autor de lo que en ella sucede. Las fábulas que nos hablaban de círculos de poderosos, de centros decisorios elitistas, de sujetos que concentraban en sí la prerrogativa para decidir el futuro de sus semejantes, no son más que eso, fábulas y mitologías para consumo de una izquierda desfasada.

A este relato, cada vez más inverosímil vistos los tiempos que corren, se suma hoy nuestro ínclito columnista. Y lo hace del modo más ramplón imaginable: empleando la metáfora vírica. Lo de menos es que la emplee mal, recetando como remedio "antibióticos" en lugar de antivirales. Lo preocupante es que la imagen resultante de los "mercados financieros", esa buena "gente que nos ha prestado dinero para mantener un gasto hipertrofiado", y el diagnóstico de la situación político-económica actual, son pura falsedad y promueven en el fondo la actitud vital que en última instancia nos ha conducido a la crisis.

En el artículo abundan los lugares comunes de la derecha española en estos tiempos. A su juicio, esta "crisis de confianza" se debe principalmente a la (falta de) acción del gobierno. Ésta se ha caracterizado, de una parte, por no detectar, y por tanto no encarar, la crisis, y de otra, por derrochar dinero público. En esta interpretación se oculta, sin embargo, la realidad de las cifras: (1) la merma de las arcas públicas procedió no solo de derramas electoralistas como el cheque-bebé y los famosos cuatrocientos euros, todas ellas imperdonables, sino también de la bajada de impuestos a las rentas altas, que se acometió cumpliendo la doctrina liberal del estímulo de la oferta, que se ha revelado entonces del todo errada; (2) el endeudamiento comenzó a agravarse precisamente a consecuencia de los fondos que hubo de poner a disposición de las entidades financieras para evitar su quiebra; (y 3) aun así, la deuda española --que el año pasado ascendía a más de 3 billones de euros-- se distribuye de un modo en el que la parte menor corresponde a los organismos públicos (64,3% del PIB), la mediana a las familias y particulares (86,5%), llevándose la del león precisamente las empresas y bancos (mucho más del 140,3%).

El problema, por tanto, no es la simplificación que supone atribuir al gobierno la autoría de los fenómenos económicos en una sociedad de libre mercado, tal y como si viviésemos en la época y el lugar de los planes quinquenales. La cuestión es la falsedad contenida en tal descripción, solo explicable como propaganda derechista o como estrategia para, creando un chivo expiatorio (la deuda de las administraciones), contribuir al desmantelamiento y privatización de los servicios públicos, verdadero objetivo final de esta crisis deliberada.

Pero si el gobierno es culpable no solo es a causa de sus derroches, sino también por obra de su pasividad. Por haber "rechazado la vacuna del ajuste", por limitarse a "tomar aspirinas para bajar la fiebre", nuestros dirigentes nos estarían condenando así a una terapia de choque final que nos resultará mucho más traumática. Se da por hecho entonces que la única salida del atolladero es la del recorte del gasto público. No obstante, Irlanda, con sus sensibles bajadas de sueldo a los empleados públicos, demuestra lo contrario, como también empieza a demostrarlo una España donde la subida del IVA y el descenso salarial estancan, como no podía ser de otra forma, el crecimiento, retardando así la recuperación.

En definitiva, la derecha mediática española, representada fielmente en este texto por Camacho, apoya y justifica esta "latinoamericanización" de Europa, esta construcción heterónoma y neoliberal de la cosa pública que allí donde se llevó a cabo solo produjo pobreza, discordia y una reacción ante la que esos mismos derechistas se sienten aterrados. Pero la cuestión cuenta con mayor carga de profundidad, tiene en concreto naturaleza existencial, al transmitir una actitud ante lo social basada en la ignorancia y la pasividad. Los peligros económicos que se ciernen sobre los sujetos, según esta metaforología médica, son de la misma condición que los fenómenos naturales y las enfermedades que de imprevisto pueden atacarlos. Nada se puede hacer para proscribirlos definitivamente, aunque sí para prevenirlos, llevando una vida lo más sana, prudente y abnegada posible. La resignación es la clave, pues en última instancia es la providencia la que ordena y manda. Pero esta actitud, a mi entender, es la misma que ha conducido a la crisis: una actitud en cuyo horizonte mental se encuentra el mito de la mano invisible, trasunto económico del plan divino, y que tiene como rasgo capital la desconexión entre las acciones y sus efectos, pues al fin y al cabo ninguna acción humana produce el orden social, que se autorregula y compone por sí solo. Por eso, cientos de miles de particulares, empresarios y familias tomaron decisiones creyendo en su impunidad, en su falta de consecuencias, encomendándose en la intimidad a la providencia con un "¡dios proveerá!" o un más andaluz "que nos quiten lo bailao". La realidad, con su tozudez característica, ha puesto frente a ellos y nosotros las consecuencias de sus acciones irresponsables, demostrando que los negocios humanos son solo incumbencia nuestra y de nadie más, y enseñándonos de paso que esos mercados anónimos descritos en forma de patologías naturales no son sino el fruto de decisiones humanas particulares, que tendrán consecuencias también demasiado humanas y que, como todas las acciones, persiguen fines muy bien definidos e identificables, aquellos que se pretenden ocultar, y apoyar sin dar la cara, con metáforas médicas y representaciones naturalistas.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Fiscalidad liberal

Hace ya meses, nuestro exquisito columnista quintaesenció en uno de sus artículos su doctrina tributaria, de la que había anticipado algunos elementos y a la que ha seguido refiriéndose con cierta frecuencia, con la frecuencia con la que este gobierno inverosímil amaga con imponer una tasa a las grandes rentas y fortunas. La ocasión, para un opinante distinguido desde hace ya décadas por su crítica a la hegemonía socialista andaluza, era inmejorable: el anuncio de una subida del IRPF para las rentas altas en Andalucía y Extremadura. Y el título ya era lo suficientemente esclarecedor: Impuesto sobre el éxito.

El carácter ideológico de sus postulados --es decir, la falsedad interesada de sus argumentos-- se torna perceptible en una clamorosa sucesión de ocultaciones. En resumen, Camacho interpretaba esta subida fiscal como una inmerecida carga impuesta a los ciudadanos excelentes para que paguen la factura del desbordado gasto público. Como origen de este derroche, señalaba, con gran parte de razón, la política del subsidio clientelar practicada por los socialistas en sus "virreinatos" autonómicos. De modo que este incremento tributario vendría a suponer una tasa a la riqueza basada en la formación, el esfuerzo y el sacrificio para que financie la bacanal derrochadora de los gobernantes andaluces y extremeños.

Convengamos en que el destino que se suele dar a los recursos del erario no es el más racional y eficiente y que, por consiguiente, las subidas impositivas que solo sirvan para alimentar esta mala práctica no harán sino profundizar en un grave problema estructural de la economía política española. Ahora bien, ¿se encuentra tan gravada la riqueza de autónomos y emprendedores como parece presumir el periodista?, ¿son sus recursos la fuente principal de financiación del gasto público o, por el contrario, terminan siendo de una manera o de otra perceptores netos de rentas públicas? Por preguntarlo de otro modo, ¿de dónde procede el "desahogo" económico de los "directivos de empresas, médicos, abogados, arquitectos, ingenieros, catedráticos universitarios" y demás profesionales excelentes sobre los que supuestamente recaerá el nuevo gravamen?

Y aquí entra en escena uno de los principales usos intelectuales del liberalismo: entender la sociedad como concurrencia de intereses individuales omitiendo toda referencia a las mediaciones sociales y políticas que construyen y posibilitan la satisfacción de tales intereses. Este uso tiene una concreta traducción al mundo de las categorías económicas y fiscales: para las convicciones liberales la riqueza producida pertenece directamente al individuo que con su esfuerzo, voluntad y mérito la obtiene efectivamente. Según esta premisa, los ingresos de un médico o un arquitecto son de su exclusiva propiedad, y los impuestos que lo cargan se asemejan a una suerte de apropiación indebida por parte del Estado y, por parte del sujeto, a una cesión forzosa realizada con el fin de sufragar los gastos comunes de la vida en sociedad, como también hay gastos comunes para quienes viven en un bloque de pisos.

¿Constituye este cuadro un retrato fiel del origen, circulación y distribución de la riqueza? A mi juicio, no. En primer lugar, es más que dudoso que la fuente principal de financiación proceda de quienes más ingresos tienen, habiendo tomado ya desde hace tiempo nuestro sistema fiscal este derrotero opuesto a la progresividad que hace recaer el mayor peso contributivo sobre los impuestos indirectos como el IVA o los especiales sobre alcoholes y combustibles. Si, en segundo lugar, nos ceñimos a la contribución por IRPF, es también más que dudoso que esa casta de profesionales excelentes que Camacho señala, y que en su mayoría alternan el sector público y el privado, aporte más que la masa de asalariados que tiene perfectamente controlado el importe exacto de sus ingresos. Y, en tercer y más importante lugar, dicho estamento burgués, que interesadamente Camacho adorna con las virtudes del esfuerzo y el mérito, aunque la realidad nos lo presente con frecuencia con los vicios de la corrupción y el egoísmo, no debe su alto nivel de rentas sino al esfuerzo que realiza la colectividad en su conjunto, que en un revelador acto de menosprecio Camacho califica de "mediocridad subsidiada".

En efecto, cualquier ejemplo concreto de médico, catedrático, ingeniero o empresario con un alto nivel de renta que nos figuremos obtiene buena parte de sus ingresos de los modestísimos salarios de la generalidad. De hecho, esa es la naturaleza última de los impuestos y de su necesario carácter progresivo: la reversión a la sociedad del esfuerzo que ésta ha realizado para lograr que algunos de sus miembros gocen de un estatuto económico superior. Para comprobarlo, pensemos, por ejemplo, en el médico que alterna la consulta pública con la privada, valiéndose de una perniciosa y corrupta organización de la sanidad, que consiente el trasvase de enfermos entre ambas consultas. Agobiado por las listas de espera interminables, ¿quién no ha vivido el caso de la visita a una consulta privada de un especialista en la que por cinco minutos y pruebas y diagnósticos sencillos ha debido pagar el 5% o el 10% de su sueldo? La alta renta de ese médico, buena parte de la cual pertenece a la economía sumergida, ¿de dónde procede?, ¿de su mérito y esfuerzo o de un defecto ostensible del sistema sanitario y, en última instancia, de la renta minúscula de quien además paga la Seguridad Social? Piensen en el empresario que introduce márgenes escandalosos de ganancia, retribuye precariamente a sus empleados, obtiene subvenciones, oculta ganancias, es perfectamente irresponsable por actuar mediante sociedades y controla sectores del mercado: ¿de dónde procede aquí su riqueza, del esfuerzo y del mérito, o del esfuerzo y el tesón de quienes trabajan para él y compran sus productos? Piensen en el catedrático que alterna sus clases con un despacho o con artículos y tertulias, recibiendo ingresos del Estado y del sector privado, o el de un arquitecto engordando sus cuentas con el boom inmobiliario que ahora pagan con sangre miles de hipotecados, ¿de dónde surgen sus altas percepciones, de su capacidad extraordinaria o de una organización que permite la corruptela para el enriquecimiento de unos pocos?

Esa y no otra es la casta excelente a la que se refiere el articulista, una casta no distinguida precisamente por su contribución neta a la colectividad cuyos miembros probablemente sean lectores de ABC, a quienes hay que dorar la píldora cantando sus presuntas virtudes y ocultando el hecho evidente de que la sociedad en su conjunto, cada vez más, está organizada en su beneficio e interés.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Liberales y liberados

Así se titula el artículo de hoy de nuestro interlocutor. En él podemos apreciar una evidencia que socava su profesionalidad y dos problemas fundamentales que afectan a la transparencia del debate público y la participación ciudadana.

El artículo celebra el contenido de la propuesta de Aguirre de eliminar liberados sindicales y, al mismo tiempo, critica la falta de oportunidad de su formulación, pues coloca innecesariamente al PP en el fuego cruzado entre el Gobierno y los sindicatos. Ignacio Camacho intenta así marcar la estrategia política del PP, señalando los caminos acertados para su futuro éxito electoral. Si de lo que se trata es de vencer al PSOE, deje usted, señora Aguirre, que se siga desgastando solo, aunque para ello tenga que abstenerse de gobernar y de ser consecuente consigo misma. Tan excelente escritor, si en muchas ocasiones se reduce a sí mismo a glosador crítico de la mediocre personalidad de Zapatero, se estrecha ahora hasta convertirse en una pieza más de un engranaje mediático y propagandístico cuyo objetivo primordial es la victoria de la derecha en España. Comprobamos así nuevamente cómo su marchamo de independencia y centrismo no revisten sino un compromiso profesional y político firme con uno de los bandos enfrentados. También Camacho, y no solo los liberados sindicales, parece tener "cosas de comer" con las que no se juega, aunque en este caso las suyas, como las de Uriarte y Tertsch, signifiquen carecer de independencia y estar al servicio de una determinada corporación, como lo están los intelectuales a sueldo de PRISA.

El problema es que la inserción de sus columnas en una estrategia más general de lucha por el poder termina muchas veces convirtiéndolas en actos de pura y dura propaganda. Hasta en dos ocasiones señala hoy que la propuesta de Aguirre es "objetivamente" atendible por el "sobredimensionamiento evidente de la bolsa de liberados". ¿Trae a colación Camacho algún dato objetivo para fundar sus juicios al parecer incontestables? Ni uno solo, por desgracia, aunque ayer mismo un medio de derechas hacía saber que en España hay un liberado sindical por cada 3.243 empleados (públicos y privados). ¿Y qué más da eso, si solo se trata de crear "corrientes de opinión" favorables al propio partido?

Con esto llegamos a un problema muy serio en la democracia actual: la fiabilidad y, sobre todo, el desconocimiento de los datos estadísticos que pretenden reflejar la realidad económica y política. Ayer mismo, en 59 segundos, Díaz Ferrán, ese señor de notable credibilidad, aseguraba que los empresarios españoles son los que mayores cotizaciones pagan a la Seguridad Social de toda Europa, a lo que Toxo respondía que justamente eran los que menos. ¿Alguna referencia objetiva que permitiese dilucidar el asunto? Ninguna, aunque los datos de la OCDE, que colocan a España en el plano fiscal y en el gasto social donde efectivamente está, entre los subdesarrollados europeos, permiten desconfiar de ese empresario distinguido precisamente por adeudar sus cuotas a la Tesorería de la Seguridad Social. Y si alguien quiere escandalizarse un poco más a cuenta de todo ello, que lea esto y vea por sí mismo la fiabilidad del estudio que hacía perder a España nueve puestos en competitividad y que al día siguiente de su publicación ya se había convertido en munición para la lucha política.

Convengamos, pues, que no otra cosa sino fe nos reclama Camacho cuando nos pide que atribuyamos idoneidad objetiva a la propuesta de la señora Aguirre. Y, por último, no otra cosa hace que política banderiza, él que tanto reclama solidez ideológica, cuando afirma que con todo esto de la huelga contemplamos una "lucha fratricida" de la izquierda española entre el Gobierno y los sindicatos. "Es mejor dejar que se desangren solos, estimada Esperanza", viene a reconvenirle a la presidenta madrileña, faltando gravemente a las exigencias del análisis racional por omitir que la colisión se da entre, por un lado, una izquierda social algo más amplia que el universo sindical, y por otro, unas políticas neoliberales y de derechas amparadas por un Gobierno dizque socialista.

El matiz no es irrelevante. No es correcto ni legítimo suprimir de un plumazo a todo un colectivo no inscrito en los sindicatos, pero identificado ahora por su oposición a las medidas regresivas que nuestro gabinete está adoptando. Y tampoco es correcto ni legítimo fundir en una sola cosa al Gobierno en su integridad, que comprende también medidas como la afortunada ley del aborto, con su política económica reciente. La lucha, querido Ignacio, se libra entre la izquierda ciudadana y la política derechista, precisamente la más derechista en esta salida de la crisis que se está practicando en toda Europa, pues tanto Sarkozy y Merkel como Cameron y Socrates han intentado distribuir más los costes de aquélla de lo que lo ha hecho Zapatero.

Si se escribiese desde convicciones ideológicas sólidas y visibles, como aquellas que permanentemente exige nuestro escritor a los políticos españoles, la coherencia con ellas exigiría celebrar esta reforma laboral, aplaudir el próximo recorte de las pensiones y encomiar la falta de progresividad fiscal lograda por este gobierno, mas no aparentar estar del lado de los trabajadores, pensionistas, funcionarios y asalariados modestos con el único fin de indisponerlos con el partido gobernante para que logre la victoria el conglomerado político-mediático que lo apoya y del que uno recibe su nómina.

Insisto: qué lástima y qué obsceno el que una pluma tan brillante, y otrora casi comunista, se haya puesto al servicio, no ya de un partido obsoleto, sino de sí misma, de la autopromoción y de un éxito entendido torcidamente. En efecto, mucho tendría que aprenderse de autores como Saramago...

viernes, 3 de septiembre de 2010

Ética clasista

El problema de los centristas que altivamente censuran las muestras de sectarismo es que contravienen constantemente las exigencias de ecuanimidad que plantean a los demás. Si, para nuestro interlocutor, en España se "vota con las tripas", parece que con el mismo aparato digestivo escribe él cuando se trata de examinar la corrupción de los políticos.

En suma: una cosa es la política clientelar y del subsidio practicada por el PSOE, y otra muy distinta la mangancia llevada a cabo por "los nuevos ricos" que orbitan en torno al PP. Mientras que los pertenecientes al primer grupo se felicitaban por "la jartá de mariscos" que se iban a pegar con el botín, mostrando con ello su origen y condición rústicos, los miembros del segundo se limitan a acuñar metáforas "candorosas" y a dar muestras de "candidez" (e inocencia) con el transparente lenguaje cifrado que elaboran para organizar sus tejemanejes. En el fondo, su principal error no consiste en montar una trama delictiva para desviar fondos públicos, sino en no haberla sabido hacer más opaca a la investigación policial.

Nada que objetar tendría este clamoroso doble rasero si quien escribe no presumiese continuamente de colocarse por encima de tirios y troyanos. Su evidente sesgo político, perceptible en este caso en la deliberada elección de los calificativos, no es sino muestra de la permanente conciencia que Camacho tiene acerca de la identidad de sus lectores y destinatarios: esos lectores conservadores de ABC, para quienes, siguiendo la tradición de la brigada político-social franquista, la riqueza es síntoma de inocencia y perseverancia, mientras que la pobreza es indicio de indolencia y culpabilidad. Una ética clasista con la que Camacho contradice sus intentos permanentes de construirse un perfil centrado, y que viene a reflejarnos una estrategia movida en exclusiva por el interés personal: se trata meramente de contentar a la parroquia con un lenguaje exquisito, no de servir con el lenguaje a ninguna clase de ética universal.

Si se diese esto último, desde luego no cabría tratar la Gürtel de "magdalena indigesta", como invitando a su sobreseímiento por hastío ciudadano, al tiempo que se legitima la posibilidad de la amnistía electoral al expresar que "el deber de Camps" es ganar las elecciones o no presentarse en caso de ser imputado antes. ¡Como si un hecho procesal pudiese por sí eximir de la enorme responsabilidad política que ya han contraído desde tiempo ha los líderes populares de Madrid y Valencia!